No se si alguna vez habréis escuchado el partido del Cádiz con un equipo chino, el partido desde el principio era un partido feo, con muchas faltas y muchas lesiones, parecían que los chinitos eran muy débiles, con na se hacían daño, claro el arbitro los retiraban del campo y cuando se reponían volvían, hasta que una de las veces, se lesiona un jugador chino y a los 5 minutos vuelve, pero el arbitro se da cuenta que no es el mismo, joder, se habían tirao todo el tiempo haciendo cambios, claro quien va a diferenciar un chino de otro prácticamente idénticos.
Este recuerdo me ha venido tras leer un post de Bajo la línea de flotación sobre el llamado mercado asiático y sus ventajas, tanto por oferta como demanda ( son 1000millones de chinos) , sito textualmente:

China ha sido hasta hace poco una especie de tierra prometida, pero en los últimos meses comienzan a verse en los medios noticias poco edificantes sobre el gigante asiático. Por un lado están los déficits de democracia y la precaria situación de los derechos humanos -un tema antiguo, que siempre ha estado ahí, pero que los gobiernos y la gran empresa preferían ignorar-. Otras, más recientes, tratan sobre los problemas ecológicos causados por el despegue de China, las atrocidades de su industria alimentaría y la inviabilidad a largo plazo de su modelo de desarrollo. Pero las más preocupantes, de pocas semanas a esta parte, son las que tienen que ver con el espionaje económico y el robo masivo de propiedad intelectual. Publica la revista alemana “Der Spiegel”, en su última edición del mes de agosto, un informe aterrador (“Die gelben Spione: wie China die deutsche Technologie ausspäht”) sobre las arteras maniobras del gobierno chino para hacerse no ya con la tecnología y el know-how de empresas clave, sino también con secretos de estado: hackers armados de troyanos y rootkits fisgoneando en los ministerios, estudiantes en prácticas con curriculums falsos que bajo el pretexto de trabajar los fines de semana se dedican a escanear planos y robar archivos de los servidores de su anfitrión; y sobre todo, abusos y extorsiones sufridos por empresarios europeos en China.
El broche del extenso artículo lo constituyen las peripecias de un fabricante alemán de maquinaria. Eginhard Vietz (www.vietz.de) es un capitán de industria a la antigua usanza, prototipo de esos “líderes en la sombra” descritos por el consultor Hermann Simon en un ya clásico libro del mismo título: creador de una PYME que ha conseguido establecer un mercado mundial dedicándose a un nicho tecnológico muy especializado pero de carácter clave para el desarrollo industrial, en este caso tecnología de soldadura para oleoductos.
Vietz no es un recién llegado: llevaba trabajando en China desde que Deng Xiao Ping decretó la apertura económica del país a finales de los setenta, y posee más experiencia en China que ningún otro empresario alemán. Hace años el gobierno de Pekin logró persuadirle para establecer allí una planta de montaje de sus máquinas de soldar, constituyendo la obligada joint-venture con un socio chino de propiedad 100% estatal.
Al comienzo todo iba sobre ruedas. De pronto Vietz, dotado de ese sexto sentido que hace al empresario de éxito, comenzó a sentirse inquieto. Tuvo la impresión de que el personal de la fábrica se renovaba con excesiva frecuencia, y esto le hizo sospechar. Entonces anunció que se iba unos días a Europa para atender a un asunto de la central y se despidió con gran estrépito de sus empleados chinos. Pero en lugar de tomar un taxi para el aeropuerto se quedó al otro lado de la calle dentro de un automóvil de alquiler vigilando la puerta de su fábrica.
Al cabo de un rato llegó un microbús, al cual subieron ocho obreros de la planta mientras otros ocho se apeaban, vestidos con los mismos uniformes. Vietz siguió al vehículo y tras haber recorrido diez o veinte kilómetros llegó a un polígono industrial que no figuraba en los mapas de la zona. Para su sorpresa, el microbús aparcó ante un pabellón que parecía ser una réplica exacta del de Vietz, con la misma zona de oficinas, el mismo patio y la misma nave de montaje. Fuera de sí, el empresario se apeó del coche y entró en la fábrica. Allí descubrió una línea de montaje idéntica a la suya e incluso un stock de las primeras máquinas de soldar ya terminadas, con un equipo de operarios haciendo ajustes en las orugas y los brazos robot.
Vietz montó en cólera e intentó arrebatar a uno de los obreros recién llegados su propio ordenador portátil, sustraído del despacho del empresario apenas este había partido para su ficticio viaje a Europa. Ni qué decir tiene que en ese momento se deshizo el idilio oriental. Vietz canceló sus negocios en China y regresó a Alemania.
Al poco tiempo las réplicas de su máquina de soldar comenzaron a venderse en países del Tercer Mundo (a precios mucho más bajos y bajo la nueva marca del socio chino de la joint-venture). La calidad dejaba bastante que desear. En las máquinas originales el motor es de fabricación británica. Los chinos han montado su propia planta motriz (posiblemente también pirata), que al cabo de dos meses comienza a dar problemas mecánicos. Pero Vietz ha perdido buena parte de su mercado global en un segmento exclusivo, con el riesgo subsiguiente para sus 200 puestos de trabajo.
Un número considerable de empresas vascas, atraídas por la promesa de unos costes laborales irrisorios y los cantos de sirena de Pekín, se han establecido en China del mismo modo que Vietz. De vez en cuando los ejecutivos y becarios destinados en las mismas salen en las páginas de “Estrategia Empresarial” diciendo simplezas sobre la mentalidad del pueblo chino y las potencialidades de su enorme mercado. No harían mal, aunque solo fuera por curiosidad, en reconocer los alrededores. ¿Quién sabe? Tal vez, no muy lejos, haya una réplica exacta de su planta de montaje de fresadoras o lavavajillas, gestionada por el mismo funcionario del partido que se encarga de tramitarles los permisos con la administración. Un poco más de interés por parte de la opinión pública tampoco estaría de más, ya que el riesgo de estas aventuras empresariales se cubre con cargo al dinero del contribuyente, a través de la sociedad estatal de seguros de crédito a la exportación.
- Publicado en: Izaronews.
- Leido en: Bajo la línea de flotación.
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